Sara Blakely nació en Florida y creció en una familia golpeada por problemas económicos. Su padre los abandonó cuando era apenas una niña, y vivían en una casa pequeña sin baño completo. Desde joven trabajó como mesera y luego como vendedora puerta a puerta de máquinas de fax, caminando de empresa en empresa bajo el sol durante ocho horas diarias. Su salario era tan bajo que apenas podía pagar un departamento modesto, y cada rechazo que recibía más de 100 al día parecía recordarle que no estaba destinada para nada grande. Pero Blakely tenía una convicción: “si nadie va a abrirme una puerta, voy a construir la mía”.
La idea de Spanx nació de una frustración común. Una noche, antes de ir a una fiesta, cortó las piernas de sus pantys para que no se notaran bajo sus pantalones blancos. Al ver el efecto en el espejo un cuerpo más estilizado sin costuras visibles entendió que había descubierto algo que todas las mujeres querrían usar. Con apenas US$ 5.000 de ahorros, comenzó el proceso de diseñar, fabricar y patentar su invento. Ninguna fábrica quiso trabajar con ella por ser mujer y no saber “nada de moda”. Recorrió decenas de plantas en Carolina del Norte hasta que finalmente un dueño creyó en su idea cuando se lo contó… su hija.
Spanx debutó en las tiendas de Neiman Marcus y explotó cuando Oprah Winfrey la mencionó como “su producto favorito del año”. A partir de ese momento, Blakely pasó de manejar todo desde su departamento a liderar una marca global valorada en más de US$ 1.000 millones. En 2021, vendió una parte de la empresa y repartió a sus empleadas regalos de US$ 10.000 y boletos de primera clase a cualquier parte del mundo para celebrar. Hoy, Sara Blakely es una de las mujeres más ricas e influyentes del mundo, ejemplo absoluto de que nacer sin privilegios no determina quién puedes llegar a ser.
