Phil Knight, fundador de Nike, no comenzó con fábricas ni inversionistas millonarios. En los años 60, recién graduado y con apenas US$ 50 prestados, viajaba por Estados Unidos vendiendo zapatillas japonesas desde el maletero de su auto. Su “empresa” se llamaba Blue Ribbon Sports y operaba sin oficinas, sin empleados fijos y sin seguridad financiera. Knight dormía poco, viajaba mucho y muchas veces no sabía si podría pagar el siguiente pedido.
Durante años, los bancos le negaron créditos y grandes marcas lo subestimaron. Aun así, Knight siguió apostando por un producto simple: zapatillas de buena calidad a menor precio. Con el tiempo, decidió fabricar sus propios modelos y cambió el nombre de la empresa a Nike, inspirado en la diosa griega de la victoria. La decisión fue arriesgada: estuvo a punto de quebrar más de una vez, enfrentó demandas y crisis internas, pero nunca abandonó la idea.
Hoy, Nike vale más de US$ 150.000 millones y es una de las marcas deportivas más influyentes del planeta. La historia de Phil Knight demuestra que muchos imperios no nacen en oficinas lujosas, sino en autos viejos, con miedo constante… y una convicción inquebrantable de seguir adelante cuando nadie cree en ti.
