Jan Koum llegó a Estados Unidos desde Ucrania cuando era adolescente, escapando de la inestabilidad y con una sola maleta. No hablaba inglés, vivía en un pequeño departamento subsidiado por el Estado y dependía de cupones de comida para comer. Para ayudar a su familia, trabajó limpiando pisos en un negocio cercano, mientras dedicaba horas en la biblioteca pública tratando de aprender programación por su cuenta, sin mentor, sin computadora propia y sin dinero para estudiar formalmente. Su única herramienta era la obsesión de querer construir algo que cambiara su vida.
Años más tarde, después de trabajar brevemente en Yahoo, Koum quedó desempleado y frustrado. Fue entonces cuando surgió la idea de crear una aplicación de mensajería simple, rápida y sin publicidad: WhatsApp. No tenía capital, así que la desarrolló desde su sala, sin imaginar el impacto que tendría. Lo que empezó como una app minimalista comenzó a ganar usuarios a un ritmo frenético por su facilidad de uso y su enfoque en la privacidad, y en cuestión de meses superaba a competidores gigantes de la época.
En 2014 ocurrió lo impensable: Mark Zuckerberg le ofreció comprar WhatsApp por US$ 19.000 millones, una de las adquisiciones más grandes de la historia. Koum firmó el acuerdo sentado en las escaleras del mismo edificio donde hacía cola para recibir asistencia alimentaria años atrás. Hoy su historia se estudia como una de las transformaciones más impresionantes del mundo tecnológico: de limpiar pisos para sobrevivir a liderar una de las plataformas más usadas del planeta.
