Lo que comenzó como una historia de innovación terminó con un giro inesperado. Kevin Cantera, investigador mexicano con más de una década y media en la misma compañía, fue despedido poco después de empezar a utilizar ChatGPT para agilizar su trabajo. Según relató al Washington Post, el empleado había incorporado la inteligencia artificial para refinar sus textos y acelerar búsquedas, lo que mejoró su productividad y lo llevó a hablar del chatbot como si fuera un “colaborador más”.
Sin embargo, su entusiasmo no fue suficiente para salvar su puesto. La empresa (cuyo nombre no trascendió) decidió prescindir de 13 trabajadores, incluido Cantera, dejando únicamente a un reducido grupo de supervisores encargados de controlar el desempeño de ChatGPT en las mismas tareas que antes realizaba el equipo humano. La medida contradijo las promesas previas de la compañía, que había asegurado que la integración de IA no implicaría despidos.
Cantera, que acumulaba 17 años de antigüedad, recibió una indemnización considerable, pero su caso ha reavivado la discusión sobre el impacto de la automatización en el empleo. Mientras algunas empresas celebran la eficiencia de la inteligencia artificial, otros alertan sobre la sustitución silenciosa de profesionales experimentados y la necesidad de establecer límites éticos en el uso de estas herramientas dentro del entorno laboral.
